JOSÉ VELICIA:
UN SENCILLO CURA PARA EL ARTE DE DIOS

Texto de
Dr. Javier Burrieza Sánchez
Universidad de Valladolid

Fotografía de
Michael Reckling

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JOSÉ VELICIA BERZOSA

No se puede entender la historia diocesana de Valladolid, en el último tercio del siglo XX, sin recurrir a José Eugenio Velicia Berzosa, nacido en la localidad de Traspinedo -"Traspi" como siempre decía él-, en un año de grandes cambios para las mentalidades y los comportamientos cotidianos y políticos: el de 1931. Su humanidad, también la austeridad en lo personal, la aprendió en su hogar y, después, en el seminario donde se formó en el tiempo difícil de la posguerra. Cursó las primeras letras en la escuela de su pueblo y prosiguió, con los estudios eclesiásticos, en el seminario diocesano. La formación universitaria la completó en la Pontificia de Salamanca, centro en el que obtuvo el grado de licenciado en Derecho Canónico. Fueron años muy fructíferos, en relaciones y en cultura.

En 1955, fue ordenado sacerdote, en aquel año tan importante en que la diócesis alcanzó los límites provinciales. Precisamente, su primer destino en Olmedo, pertenecía anteriormente a la diócesis de ávila. Fue nombrado coadjutor, debiendo atender la parroquia de Llano de Olmedo. Convivía con sacerdotes de gran experiencia, de los que pudo aprender mucho, empapándose de las necesidades de las gentes del campo. Se preocupó por la promoción intelectual de los jóvenes para sus estudios de bachillerato. Puso en marcha el cine parroquial los domingos, con escasos medios, tan sólo una máquina prestada y algunas películas que continuaban cautivando a los espectadores. Fue entonces, cuando con Castilla como escenario, conoció a un futuro compañero de trabajo e inquietudes: José Jiménez Lozano, vecino del pueblo de Alcazarén. Cinco años de inauguración del ministerio pastoral, cinco años empapándose de las gentes sencillas en un pueblo, ámbito en el cual él había nacido. Cinco años de cambios
en la Iglesia particular de Valladolid pero también en la católica universal, cuando Juan XXIII llegaba al gobierno de la Iglesia en 1958,
en las vísperas de la convocatoria del Concilio Vaticano II.

En 1960, alcanzaba la capital, llamado por el arzobispo García Goldáraz, para asumir importantes actividades pastorales que irían edificando al cura Velicia, hombre de diálogo entre la fe y la cultura: consiliario de los hombres de Acción Católica, director espiritual del Colegio Mayor San Juan Evangelista, y finalmente coadjutor de San Ildefonso. Esta parroquia era la más joven de las históricas de la ciudad, erigida en el siglo XVI por el abad Alonso de Mendoza y establecida en la iglesia de un antiguo convento de monjas. José Velicia debía afrontar la construcción de un moderno templo mientras provisionalmente se establecía en los bajos comerciales del Paseo Zorrilla. Allí tuvo que hacer frente a los problemas de financiación, disponiendo de la ayuda de un grupo de feligreses que le apoyaron en la gestión económica del proyecto, así como en el asesoramiento técnico y arquitectónico. Un templo particular en construcción física, una Iglesia universal en renovación o en la aplicación del "aggiornamento" del Vaticano II, el Concilio de Juan y de Pablo como había escrito otro sacerdote del Valladolid de los cincuenta, José Luis Martín Descalzo. Velicia fue un ejemplo de la aportación de la Iglesia a un tiempo de cambio, también en lo político y en las relaciones de trabajo. Abrió San Ildefonso a las reuniones y asambleas de los comprometidos con el mundo del trabajo. Se implicaba en otras actividades como director del Centro Filial Femenino "Nuestra Señora del Carmen" en el barrio de las Delicias. Puede ser también considerado como cofundador del llamado "espíritu de Villagarcía", localidad histórica en la Compañía de Jesús con su colegio. Allí se habrían de reunir desde entonces -todavía lo siguen haciendo- los obispos,
vicarios y arciprestes de las once diócesis de Castilla y León.

Era el Velicia comprometido con una pastoral próxima a los fieles, poniéndose las bases de lo que habría de ser después el proyecto conjunto de mayor envergadura en el ámbito cultural. El arzobispo José Delicado Baeza le encargó tareas de mayor calado y de ahí que abandonase su labor parroquial en San Ildefonso: vicario pastoral de parroquias urbanas, delegado de Apostolado Seglar, juez diocesano, delegado de Medios de Comunicación, pro-Vicario General de la Diócesis y Vicario Episcopal de la Zona 2 Ciudad, hasta que en 1987 fue nombrado Delegado Episcopal
para el Diálogo Fe y Cultura, paso previo a ser comisario de "Las Edades del Hombre", llevando a cabo las sucesivas exposiciones
hasta la celebrada en El Burgo de Osma, la última que conoció antes de su fallecimiento.

¿Cómo nacieron Las Edades del Hombre? Viajaba José Velicia periódicamente a Cataluña, a Barcelona, donde pudo entrar en contacto con una exposición que bajo el título de "Thesaurus", había organizado un amigo suyo. Aquella realidad cultural pensó que se podía culminar, aún más, en Castilla y León, haciendo protagonista al hombre de nuestra tierra, con obras que se convertían en testimonio de la fe y que se unían en la historia de la Salvación. No sería necesario sacar a la exposición de la iglesia sino que su ámbito era el eclesial para el cual fueron creadas. Piezas que merecían ser estudiadas, siendo mostradas en pleno esplendor original y creativo. La idea la compartió con su amigo, el mencionado escritor José Jiménez Lozano, el cual le ayudó a concretarla. En el mecenazgo económico encontró, no sin dificultades, a Sebastián Battaner, desde la antigua Caja de Salamanca y Soria. Empezó a recorrer parroquias pequeñas y desconocidas. El arquitecto Pablo Puente Aparicio trazó los rasgos físicos de las futuras exposiciones, dentro de las Catedrales. Faltaba Eloísa García de Wattenberg, viuda de Federico de Wattenberg y directora del Museo Nacional de Escultura hasta ese momento. Un proyecto que, a partir de entonces, iba a condicionar su vida, aunque siempre desde un punto de vista pastoral: "un relato de la historia del hombre, desde el punto de vista cristiano". De esta manera, desde el pequeño despacho que ocupaba en el Arzobispado de Valladolid, organizó seis exposiciones, recorriendo miles de kilómetros, sin que fuese menester coche oficial, como le fue ofrecido. Alguien podría pensar que su éxito cultural, como comisario de "Las Edades del Hombre", fue recompensado por un importante sueldo. Se equivocaban. Velicia continuó manteniendo el suyo, escaso, de sacerdote diocesano. Era un comisario atípico, implicándose en las ediciones desde lo más sencillo.

El proyecto inicial era muy redondo. En la Catedral de Valladolid se acogerían las artes plásticas; en Burgos, los documentos históricos de los archivos; en León, sería el espacio reservado para la música mientras que la culminación en Salamanca se destinaba al diálogo entre la "Fe y el Arte", entre el arte antiguo y el contemporáneo. Las Edades del Hombre fue provocando al mundo cultural, pero también al político y al de los medios de comunicación, sobre todo con la prolongación y aceptación de la exposición de la Catedral de Valladolid, inaugurada en octubre aunque clausurada
en abril de 1989. Ante tanto éxito, no exento de sinsabores y dificultades, Velicia soñaba con volver a ser el cura de pueblo de su primera juventud.

Con todo, pensaba que el compromiso de su trabajo finalizaba en Salamanca. En el horizonte apareció la restauración del Monasterio de Valbuena, junto al Duero en plena Ribera, como sede de la Fundación Las Edades del Hombre. ésta había nacido en la ciudad del Pisuerga, con el fin de evangelizar desde el campo de la cultura y de la conservación de un patrimonio cultural inigualable en ninguna otra tierra. Disponían del apoyo del Gobierno de la Nación, presidido entonces por José María Aznar, político que había conocido como presidente del Ejecutivo autonómico de Castilla y León el nacimiento de Las Edades del Hombre. El presupuesto necesario para su culminación procedía de los Fondos Feder de la Unión Europea,
la Junta de Castilla y León y Caja Duero. Velicia tenía un sueño para Santa María de Valbuena. Volvería a ser éste un cenobio, abierto al viajero, siendo un espacio de reposo y descanso. Las aspiraciones, incluso, alcanzaban el deseo de restaurar en el mismo la vida monástica.

El proyecto de las exposiciones se iba a alargar, saltando las fronteras, no sólo regionales sino nacionales, cuando aceptó la exposición de Amberes. Desde la clausura de Valladolid y el desarrollo de la de Burgos, empezó a ser frecuente la presencia de los miembros de la Familia Real, sobre todo de los Reyes. Todo ello pudo conducir a prolongar el proyecto de una segunda fase, en la gran ciudad flamenca del siglo XVI, Amberes. Las Edades del Hombre se convertía en una embajadora que unía dos territorios históricamente tan vinculados: Castilla con Flandes. De aquella experiencia,
Pepe Velicia regresó muy tocado en su enfermedad aunque se atrevió a satisfacer con una nueva exposición en El Burgo de Osma, con motivo del centenario de aquella diócesis. Aunque la diseñó con las piezas seleccionadas y visitó su montaje, la inauguración la vio desde el cuarto de estar
de su casa de Valladolid. Era la víspera de su muerte, el 19 de junio de 1997. Sin embargo, todos los sueños no fueron posibles de alcanzar.
José Eugenio Velicia volvía a la tierra de la que había salido, Traspinedo, donde fue enterrado junto a los restos de su tío sacerdote Enrique Velicia:
"Estás al otro lado de los pinos -escribía José Jiménez Lozano- ¿Dónde? Tenías esperanza, confiabas en la Palabra Antigua como una candela.
Tanta tiniebla y amargor, pero tu risa se alzaba sobre ellos".

Texto:
Dr. Javier Burrieza Sánchez
Universidad de Valladolid

Fotografía:
Michael Reckling


Montaje audiovisual encargado por JOSÉ VELICIA, creador y alma mater de "Las Edades del Hombre"
y realizado por el equipo de Michael Reckling Studios sobre la primera exposición iconográfica
celebrada con gran éxito entre 1988 y 1989 en la Catedral Metropolitana de Valladolid.